viernes, 29 de enero de 2010

Sorpresa, sorpresa

Por Juan Carlos Ortega

Como ya es sabido, México vive la peor de sus crisis en los últimos 70 años. La pronunciada caída de producto interno bruto ha traído repercusiones en las áreas de empleo, inflación, pobreza y seguridad, muchas de estas consecuencias eran previsibles de acuerdo a las experiencias vividas en periodos anteriores. Sin embargo, es de llamar la atención la forma en la que los diferentes actores sociales han reaccionado ante este escenario.

Como era de esperarse, las fuerzas políticas han rendido tributo al terrorismo legislativo con el que se han comportado en décadas recientes: más impuestos, encarecimiento de insumos intermedios, recortes presupuestales a programas sociales y la ausencia de estrategias para el crecimiento, son sólo una parte de la negligencia que alimenta el deterioro de la calidad de vida de los mexicanos. Ante ello, la sociedad se ha resignado -pese a los tímidos reclamos ahogados en el aislamiento y la desorganización- a acatar las reglas impuestas desde los poderes del Estado. Contra todo pronóstico, han sido los empresarios el sector que ha roto con el esquema, la invitación fiscal para incrementar el precio de bienes y servicios ha sido declinada por algunos consorcios. Es cierto que han sido pocas las empresas que han mantenido sus tarifas y que quizá sus razones estriben en privilegiadas estructuras de costos o en que la perdida de consumidores por el encarecimiento de sus productos sea más costoso que asumir el incremento de los impuestos, ¿pero no es una sorpresa que los empresarios estén más preocupados por mantener contentos a sus clientes que los políticos a sus electores? Tal vez no por la historia de los legisladores, pero es un buen ejercicio reflexivo de cara a las elecciones de 2012.

Al tiempo que la clase política ha resulto trasferir el costo de la crisis a los ciudadanos, la población ha decidido solapar las decisiones tomadas desde el congreso, en tanto que algunos empresarios se han permitido asumir el costo impositivo y mantener sus tarifas. ¿Qué lección podemos sacar de esta historia? Beatificar a los empresarios no es una opción; es evidente que existen razones de promoción, costos y clientes, que les han permitido tomar esta decisión. Lo que llama la atención es que contraria a la activación del entramado comercial, la sociedad yace en la indiferencia, lo que le ha orillado a jugar un papel marginal en la toma de decisiones ante la coyuntura. Lo que nos toca hacer como sector social es emprender un dialogo de inconformidad que nazca de la información y la organización ciudadana. Las precauciones empresariales reposan en la preferencia de los consumidores; de la misma forma, en la medida en que las acciones legislativas sean trasladadas a las preferencias electorales, mediante votos y desaprobaciones, se cerrará la brecha que existe entre la clase que gobierna y la que es gobernada.

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